¿Alguna vez te has detenido en mitad de la noche para preguntarte: «cuál es el sentido de todo esto»? Es la Pregunta con mayúsculas. Filósofos, científicos y líderes espirituales han dedicado milenios a buscar una respuesta.
Pero, ¿y si te dijera que la respuesta ya la tenemos? ¿Y si no fuera una frase profunda, ni una revelación mística, sino simplemente… un número?
Pues bien, para una enorme legión de fans de la ciencia ficción, geeks, programadores y buscadores de respuestas, la solución es clara y rotunda: 42.
Si alguna vez has visto este número en una camiseta, en un tatuaje o como un «huevo de pascua» en Google (¡pruébalo!), no estás viendo una coincidencia. Estás ante una de las bromas filosóficas más brillantes de la cultura popular. Pero, ¿de dónde sale y por qué se quedó con nosotros?
El superordenador que calculó la vida
Todo comienza con el genio humorístico del escritor británico Douglas Adams y su obra maestra, la Guía del autoestopista galáctico (o Guía del viajero galáctico).
En la novela, una raza de seres pandimensionales e hiperinteligentes construye el segundo mejor ordenador de todos los tiempos: «Pensamiento Profundo» (Deep Thought). Su única misión: calcular la «Respuesta Definitiva a la Pregunta de la Vida, el Universo y Todo lo Demás».
El ordenador acepta el reto y advierte que le llevará tiempo. ¿Cuánto? Siete millones y medio de años.
Tras eones de espera, los descendientes de aquellos seres se reúnen para la gran revelación. «Pensamiento Profundo» carraspea (metafóricamente) y anuncia que, tras procesar los datos, la respuesta definitiva es…
42.
La broma cósmica: ¿Por qué 42?
La multitud se queda atónita. ¿42? ¿Eso es todo? ¿Qué significa?
Y aquí es donde reside la genialidad de Adams. El ordenador les responde con calma: «He comprobado la respuesta exhaustivamente […]. Y la respuesta es, sin duda, 42. El problema, si os soy sincero, es que vosotros nunca habéis sabido cuál es la Pregunta».
Resulta que la «Pregunta Definitiva» y la «Respuesta Definitiva» no pueden coexistir en el mismo universo.
El propio Douglas Adams pasó años desmintiendo teorías complejas sobre por qué eligió el 42. La gente buscaba explicaciones en el sistema binario, en la cábala o en las matemáticas tibetanas. La verdad, según el autor, fue mucho más simple: «Fue una broma. Tenía que ser un número ordinario, pequeño, y simplemente se me ocurrió ese. Sonaba divertido».
El 42 como símbolo
Aunque Adams lo eligiera como un número cualquiera, el 42 se ha convertido en un símbolo poderoso.
No representa la respuesta en sí, sino la absurdidad de buscar una respuesta simple a una pregunta que ni siquiera entendemos cómo formular.
Vivimos obsesionados con encontrar «el sentido de la vida» como si fuera un tesoro escondido, una fórmula única que, una vez encontrada, lo explicará todo. Lo que Adams nos dice es que la respuesta no tiene sentido si no comprendes la pregunta.
«Pensamiento Profundo» no podía encontrar la Pregunta, así que diseñó un ordenador aún más grande para hacerlo: un ordenador orgánico tan complejo que tardaría 10 millones de años en formularla. Ese ordenador, en la novela, es el planeta Tierra (que, por desgracia, es demolido por una flota Vogon cinco minutos antes de terminar el cálculo).
Entonces, ¿el sentido de la vida es el 42?
Sí y no.
El 42 es el recordatorio de que quizá estamos haciendo la pregunta equivocada. O quizá, como sugiere la Guía del autoestopista galáctico, la vida no es un problema que resolver, sino un viaje absurdamente maravilloso que disfrutar.
Quizá el sentido de la vida no es un número que encontramos al final, sino todo lo que hacemos mientras lo buscamos. Es el viaje del autoestopista, no el destino.
Así que la próxima vez que te agobies buscando el «gran sentido» de todo, recuerda que la respuesta es 42. Y luego, sonríe, relájate y pregúntate algo mejor. Como, por ejemplo, «¿dónde está mi toalla?».